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domingo, 14 de marzo de 2010

CUENTO DE ÁNGEL, MIRADA Y RECUERDO.


















No podía pensar en nada más que no fuera en tus ojos cuando éramos niños.

Además de que vivíamos en la misma casa, tú eras mi prima favorita pues teníamos casi la misma edad y por ende, ese factor nos hacía cercanos, como pueden serlo dos hojas caídas de una misma rama jugueteando divertidas al viento.

Me gustaba mirar tus ojos: esos dos cristales color aguamarina dentro de los cuales no parecía haber fondo alguno si no un firmamento infinito donde me gustaba perderme. En muchas ocasiones te cansabas de mi acoso a tus pupilas y me empujabas para que no siguiera al frente tuyo imbuido en mi permanente fascinación. Entonces te escapabas corriendo y yo te perseguía entre gritos una veces divertidos, otras un poco aterradores de tu parte, pues siempre te ganaba la carrera. Luego, no tenías más remedio que dejarte aprisionar por mis brazos mientras mis manos sujetaban tu cabello para mantener tu cabeza firme en el suelo y yo podía superponer mis ojos sobre los tuyos en mi deseo infinito por entrar en su marea tornasol.

Otras veces, me gustaba mirarte mientras mirabas. Esas dos lumbres destellaban en el espacio y yo veía suaves rayos iridiscentes que se desprendían de tu retina y se posaban suavemente en el horizonte. Nunca supe por qué podía ver con tanta claridad esa luz de mar flotando como cinta encantada por el aire. Tal vez era un poder que solamente yo tenía o tal vez era la fuerza de la imaginación desbordada que todo niño de 5 años puede tener.

Recuerdo la vez que partiste un espejo con el rayo de cristal de tu mirada. Era el mismo espejo frente al cual me miraba todos los días de mi corta vida preguntándome por qué mis ojos eran negros como un abismo y como el de todos los seres humanos que hasta el momento yo conocía y no del color de una piedra preciosa como los tuyos. Alguna vez le hice la misma pregunta a mi madre y me contestó que esos ojos eran la marca que dios imprimía a los ángeles cuando les era permitido bajar a la tierra.

Desde entonces, adicioné la reverencia a la admiración que me causabas. Y me gustaba disfrazarte de ángel, poniéndote todas las ropas de color azul o verde que encontraba en casa. Te hice un trono con madera y hojas verdes y con todas las hortensias azules que arranqué frenéticamente del jardín. Me gustaba verte ahí sentada, irradiando suavemente tu mirada de agua, mientras imaginaba que ya no estarías triste de no ser un ángel del cielo.

Cuando partiste el espejo, recogí con cuidado sus pedazos y los coloqué en una cestita que de antemano había pintado con las acuarelas de mi madre simulando un río de esmeraldas y te la entregué diciéndote que esos pedazos de cristal eran tu cielo perdido, al que retornarías alguna vez para volver a ser ángel.

Tú me escuchabas con todo el poco juicio que una niñita de 4 años puede tener y me sonreías inocentemente, pero cuando sonreías, el destello de tu mirada se hacía chispas, multitudinarias partículas de firmamento que colmaban el aire de la habitación con tal magnitud que muchas veces hasta me costaba respirar pues se me introducían por las fosas nasales o por la boca, como mágicas lenguas de colores de mar. Era algo sofocante para mí, pero aún así, no podía escapar al placer de su encanto, así corriera el riesgo de morir en esa nube mágica.

Aún así, todo podía soportarlo menos la encendida avalancha de corrientes marinas que se desprendían de tus pupilas cuando llorabas. Entonces, era agua esmeralda la que inundaba todo a su paso, líquido hirviente que arrasaba con su sangre azulosa y su viscosidad de algas. Yo no sabía nadar y por eso temía grandemente tus lágrimas, pues si el llanto se prolongaba demasiado, la marea se hacía peligrosa y amenazaba con ahogarme. Esa era la razón por la cual yo siempre me esmeraba con todo mi empeño en no contrariarte nunca, en que fueras todo el tiempo feliz y jamás lloraras.

Hoy, cuando ya soy un viejo, pasados tantos años, no pasa un solo día sin que algunas horas las dedique a ese par de arco iris que fueron tus ojos y son muchas las veces en que quisiera rescatarlos de aquellos tiempos para nombrarlos míos y sentir de nuevo el éxtasis inimaginable de su embrujo.

Cuánto me duele haberlos perdido tan rápidamente. Que no hayan sido magia si no por esos cortos años.

Me duele el momento en que decidiste no volver a abrir los ojos nunca más. Los esfuerzos sobrehumanos que todos, familia, amigos, doctores, brujos, desconocidos, hicimos para que tus párpados de niña se abrieran de nuevo, sin poderlo conseguir.

Mucho más me hiere recordar la mañana en que fuiste capaz de sacarlos de sus cuencas con uno de los trozos de espejo que te había regalado en aquella cestita. No podré olvidar jamás el momento en que apareciste en la sala con dos chorros de sangre en lugar de ojos y éstos palpitando entre los trozos de espejo de la cesta, como un par de estrellas derribadas dando sus últimos destellos.

Nadie sabe por qué lo hiciste. Nunca escuchamos ni una sola palabra de tu parte para explicarlo, ni en ese momento, ni nunca después, cuando paseabas tu humanidad de ciega torpemente por la vida.

Tal vez te habías cansado de ser un ángel sobre la tierra.

11 comentarios:

Óscar dijo...

Nunca te había leído en prosa, pero me queda claro que también te mueves con soltura en la narrativa. Me ha gustado tu relato. Es curioso, pero en muchos de mis cuentos yo también manifiesto una fijación casi obsesiva por los ojos. A través de ellos recibimos la mayor parte de la información. Sin ojos pareceríamos muñecos macabros. Es curioso el simbolismo de sacarse los ojos con el cristal de un espejo.

Este fragmento me ha parecido muy poético: "Nunca supe por qué podía ver con tanta claridad esa luz de mar flotando como cinta encantada por el aire".

Un abrazo, Clara.

Daniel dijo...

Clara; sorprendente relato. Dejándome llevar por tus palabras y metiéndome en ellas sentí el acoso a que se vieron sometidos esos ojos claros y ese final desencadenado de manera tan grotesca e imprevisible.
Por demás está decirte que es excelente tu relato. Felicitaciones.

Mis afectos estimada amiga.

reltih dijo...

una remembranza triste, pero llena de sensibilidades maravillosas. hermoso relato, me encanto.
besos mi apreciada amiga.

José Antonio Fernández dijo...

Realmente bonito,bonito. Me ha encantado. Y el zarpazo de sacarse los ojos sobrecogedor, por inesperado.
Muy bien elaborado, me ha encantado.
Eso ya lo había dicho¿no?

La abuela frescotona dijo...

La infancia guarda todos los recuerdos, también el espanto,los espíritus superiores suelen presentir los efectos de su existencia sobre los demás,anularlos, o negarlos , es una antigua forma escolástica de evadir la vanidad.
Maravilloso relato
Un cariño querida Clara

Chiqui Abreu dijo...

Qué cuento tan desgarrador, mi querida Clara, empieza con la fantasía típica que mueve a los niños y -poco a poco- se va sembrando de dolor. Es como una bocanada de vida real, a veces tan luminosa y, otras tantas, pasando a ser una cuenca vacía, donde se apaga la magia.
Me fascinó!!
Besotes,
Chiqui.-

Anónimo dijo...

bella inspiración...me encató este relato
saludos

emilio dijo...

Triste pero muy bueno tu cuento... y es que esos espejos rotos traen siempre lloros y a veces sangre.
Recuerdos de dolor.
Un abrazo.

Clara Schoenborn dijo...

Gracias a todos mis amigos por dedicar un poco de su tiempo en leerme y comentarme. Les mando mi abrazo y mi alegría por sus palabras.

Allek dijo...

hola!
te invito a que pases por mi casa
dejare la puerta entreabierta..
te dejo un fuerte abrazo!!!

Marisol dijo...

No imaginaba un final tan macabro, las descripciones de ojos de piedras preciosas con hermosas.
Así como tu forma de expresar la cercanía familiar:
'como pueden serlo dos hojas caídas de una misma rama jugueteando divertidas al viento.'

El cierre me ha dejado sin palabras, Clara. Pero sí, hay muchos ángeles en la tierra, y la maryoría, supongo que por no soportar los horrores de la humanidad, acaban regresando al cielo a muy corta edad.
Un abrazo.