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sábado, 18 de septiembre de 2010

La soledad de la bella.


























Ser extremadamente bella había sido su peor desgracia.

Desde su más tierna infancia había sido medida por el rasero de lo físico, y estaba harta de ser definida por el verde navegante de sus ojos, por el óvalo angelical de su rostro, por el suave paisaje de sus manos, por sus piernas de impecable torneado o por la curva imposible de su cintura.

Tanta admiración desbordada la había llevado indefectiblemente a imaginarse a sí misma como aquella escultura solitaria en el pasillo de un museo, a la cual todos alababan a su paso, pero sin pensarla viva ni racional, sin notar siquiera la permanente y vívida ebullición de su mente, de sus ideas y pensamientos, siempre archivada en aquel rincón de la mente donde se registra la belleza del universo, para saber que existe, lejana e inalcanzable, pero latente para el gozo de los sentidos.

Lejana e inalcanzable.

Así la habían supuesto tantos hombres a quienes ella había amado en secreto por las razones más simples y menos sospechadas: por el sentido lógico y profundo de una voz, por alguna frase de sorprendente hondura filosófica, por los treinta segundos en que una mirada se había posado sobre las flores de aquel jarrón o por esa forma tímida y sensible de sonreír a su cruce casual por la acera. Hombres sencillos, la mayoría de ellos poco dotados en cuanto a belleza física o bienes materiales se refería, pero con aquella riqueza interna que ella amaba y anhelaba tanto como compañía para su interior solitario e ignorado.
No obstante, habría sido imposible que cualquiera de esos hombres siquiera hubiera imaginado ser el objeto del deseo de una mujer que por su exuberante perfección física parecía destinada a unirse a un dios, a un ser de otro mundo, o al menos, a hombres de mucho mayor rango en la escala social. De nada habría valido asimismo insinuarles dicha atracción, en los pocos casos en que se había atrevido a hacerlo, aquellos seres se habían sentido intimidados e inseguros de aceptar la compañía de una mujer que asumían, pronta y fácilmente, marcharía hacia destinos mas gloriosos.

Ahora, cuando la mayor parte de su vida había quedado atrás y la vejez tocaba a su puerta, parecía ser este el momento que había esperado siempre y se sentía de pronto liberada. Poco a poco, se había ido diluyendo el yugo de sus líneas inmaculadas: las curvas habían dado paso a cierta redondez, los rasgos de exactitud estética se iban desdibujando y paulatinamente todo aquel envoltorio de exagerado atractivo físico iba dejando atrás sus días de gloria para entrar en un sombrío pasadizo de decadencia.

Gracias a estos nuevos tiempos, caminaba por las calles con un súbito e inusitado desparpajo. Había dejado de sentirse intimidada. Poco a poco, a la par con el declinar de su cuerpo, se había ido difuminando aquella algarabía de adulación que, expresa o tácitamente, le había salido siempre al paso de cada uno de sus días.

Disfrutaba de pronto de un delicioso anonimato, el cual le abría todo un abanico de posibilidades nuevas. Al fin podía hablar, exponer toda su cultura y conocimiento, y que alguien la escuchara atentamente sin que algún detalle de su anatomía se llevara la concentración de su interlocutor por paisajes de sensualidad y deseo.
Ahora podía e intentaba acaparar la atención de otros con el arsenal de su pensamiento, de sus sentimientos o creencias.
Eran nuevos los despertares de sus días, porque la que amanecía frente al sol era ella y no “aquella” en que los ojos del mundo la habían arrinconado hasta ahora.

De todos sus nuevos logros, nada la llenaba más que su amistad recién nacida con aquel hombre canoso, mofletudo y arrugado que había conocido al sentarse junto a él una tarde de otoño en aquel banco de ese parquecito escondido del barrio.
Era un profesor de filosofía y letras retirado de la universidad desde hacía varios años, ocasional periodista de pasquines de mala muerte y escritor de extraños poemas góticos.
Era una ilusión demasiado valiosa para su existencia esperar los jueves de cada semana, para atender a su cita con él en aquel mismo sitio y poder compartirle todo ese bagaje de inquietudes internas que hasta ahora habían borboteado en su interior como un mero monólogo insistente: hablar de filosofía, de arte, de poesía, de ciencias, de política, también de sueños rotos, de nuevos sueños y de extrañas teorías que podrían salvar al mundo, todo aquello era un universo en maravillosa gestación, antes inalcanzable; un firmamento iluminado de dinámico impulso, que la hacía de pronto sentirse más viva que nunca, encumbrada en una ola de pensamiento y de ideas estimulantes que la hacían flotar por encima del mundo y sus elementales pasiones.

Había valido la pena sufrir la superficialidad del género humano durante tantos años, porque ahora todo ese tiempo ciego, de pronto, se constituía en el caldo de cultivo que enfundaba en oro sus mágicos momentos.

Nada empañaba su absoluta felicidad de las horas que pasaba sentada en aquella banca, junto a ese desgarbado hombre, ávido de su interioridad, de sus sentimientos y pensamientos y para las cuales vivía su nueva existencia, como una perfecta devota de una impostergable religión.

Ni siquiera las burlas de los niños que le gritaban: “la loca que habla sola en la banca del parque”, ni cuando le tiraban piedrecillas o le halaban la falda, podían alejarla de su cita semanal junto al hombre que siempre había soñado conocer.

19 comentarios:

Óscar dijo...

Así que, finalmente, la excesiva belleza conduce a la demencia. Me gusta la sensibilidad con que abordas el tema. Por suerte, no todos se fijan en las apariencias. Algunos ven más allá. Y claro, la locura se parece tanto a la lucidez, que a veces dudo que sean la misma cosa.

Te he leído más poemas que relatos, pero estos últimos son estupendos.

Un abrazo, Clara.

Pedro F. Báez dijo...

Estupendo relato, Clara. No había leído tu prosa, pero no me sorprende que escribas tan excelentemente como versas. Fluye, arrastra, engancha, te envuelve y al final, te pone frente al espejo lo mismo que el personaje. No enloqueció. Se refugió en otra dimensión donde podía hacer contacto con el hombre esperado por tanto tiempo. La belleza como arma de combate para la vida es efímera y de doble filo. Conozco un caso de la vida real casi idéntico a éste que narras. Sucedió en mi Cuba natal, cuando era niño. Estoy feliz de haber leído tu prosa, Clara. Es tan inteligente, tan perfecta de estilo y tan tuya como todo lo demás que haces. Un abrazo, querida mía.

Luis dijo...

Un canto a lo esencial, a lo verdadero que nos habita y que dibuja nuestra autentica naturaleza de humanos.
Lo externo es solo el emboltorio, hay que cuidarlo, hay que mostrarlo atractivo, pero sin caer en su juego de carceles y castigos.
Explendido relato amiga Clara.
Un fuerte abrazo.

Pury de CB dijo...

Vaya, Clara, es sorprendente que loco está el mundo, todos buscan la belleza, se gastan dinero en cirujanos plásticos y se machacan en los gym, para ser aceptados y los que les sobra belleza viven infelices también, que mundo de locos.
Pero sabes lo que realmente creo?
que la belleza llega con la madurez, con la seguridad, con el estar bien con uno mismo independientemente de tu fisico y
si además tienes belleza mejor que mejor!!
bonito e interesante Clara.
un abrazo, belleza de mujer

José Antonio Fernández dijo...

La belleza siempre se ha de buscar en el interior y relatos como el tuyo nos lo recuerda.
Un abrazo fuerte.

jordim dijo...

la belleza es una condena.

jordim dijo...

la belleza es una condena.

César Sempere dijo...

Belleza pasajera.

Mariela Marianetti dijo...

Una gran prosa Clara, me envolviò hasta el final y jamàs me imaginè eso. El refugio que encontrò con los años es precioso, ojalà le hubiese llegado antes.La belleza suele ser una carga si uno no lo sabe manejar

Un abrazo, querida Clara

Ángel Poético dijo...

Desde Ángel Poético quiero invitarte a participar en éste espacio de poemas, reflexiones, aforismos y relatos. Si me escribes y tu solicitud es aprobada, podrás publicar tus escritos que serán leidos por los lectores del Sitio.

Saludos desde Ángel Poético.

La abuela frescotona dijo...

LA BELLEZA MAL ADMIRADA, SOLO ES ESO, ALGO BONITO.
EL ESPÍRITU DE LA BELLEZA, SOLO LO DESCUBREN AQUELLOS QUE BUSCAN SU TRASCENDENCIA INFINITA, COMO UNA OBRA DE ARTE.
EN EL SER HUMANO, TAMBIÉN ES ASÍ,CUANDO LA MIRADA QUE CONTEMPLA,MIRA A TRAVÉS DE LA LUZ DEL ALMA, DE QUIEN ES SEGURO REFLEJO, LA OBRA ADMIRADA.

Céu dijo...

Yo quieroooooooo, yo quiero el nombre de la plaza, quizá a mi tambipen se me aparezca ese mofletudo y te aseguro que si me gritan la loquita de la plaza, no me importará!
El sacrificio de la belleza por la inteligencia, y a la inversa... y la santa locura para quienes se encarguen de vivir con ambas, o sin ninguna.

Besos linda mujer, inteligente y creativa, tu sí que deberías ir conmigo a buscar el banquito, (broma, jajaja) Me encantó leerte en prosa, regálanos muchas más, muchas más...

Céu

Isabel dijo...

Hermoso relato, estimada Clara, no muy lejana de un caso que conozco, ha sido un placer esta faceta tuya, está muy bien escrito, llega y envuelve hasta querer saber el final.

Un beso

Marisol dijo...

La belleza exterior, puede deslumbrar tanto que nos ciegue a la interior, es cierto, pero termina siendo vacía. El final no me lo esperaba, pero al menos alcanzó la felicidad.
Qué imaginación la tuya. Me quedo complacida.
Un gran abrazo.

Jesslo dijo...

¡¡¡Vaya Clara!!!, me has sorprendido gratamente por tu expertise narrativo. Muy buen texto, tan elocuente que lograste entristecerme al comienzo, alegrarme en el centro del relato, para finalmente, dejarme con un sabor amargo por aquel final... simplemente magistral... alguien dijo que sería la belleza y no la bondad la que finalmente salvaría a la humanidad, por más que lo pienso es algo que no puedo compartir... la belleza (en todo) es importante, pero la bondad es fundamental e indispensable. Para que alguien llegase a encontrarse en el lugar de la protagonista de tu historia, la bondad debería haber sido proscrita, porque donde esta exista siempre será posible dejar a un lado la soledad... Un abrazo.

Yanka dijo...

hola Clara, soy Nora, nos comunicamos hace poco por otro tema y quise ver tu perfil. Gratamente me encuentro con tu prosa. Me encantó!! Cuántos se deben sentir indentificados. Cariños.

María dijo...

Me atrapo. Cuando la belleza te lleva a la locura.
Un placer descubrirte gracias a José Antonio Fernández.
Un abrazo,

FRANCISCO PINZÓN BEDOYA dijo...

Tus prosas tienen también un enorme aliento, y un sello "escribidor" de tu parte

Me gustan también

Saludos hermana caleña

miley dijo...

Esto es verdad, en el mundo no tiene que importar mucho la belleza, lo importante es el conocimiento, la saviduria que lleva dentro, no solo ahi que ver lo exterior sino tambien lo interior.
Me gusto mucho esta prosa