Esperaba los sueros de ese planeta
lo que tu piel iba a pulverizar en las atmósferas
y cuando restituiste los espejos
supe que solamente tu caricia
había estado tras todos los silencios.
No hay comienzo ni final
en nuestra marea que se expande,
como una pirotecnia del grito
en esta oscilación de sábanas.
Los caminos se derraman
cuando el beso interroga ferozmente,
otros se contraen,
al ajustarse las cadenas
en los espacios desérticos.
Lo cierto es que nada podrá detener
la insistencia de estas explosiones,
las esperas detenidas
en la intersección de tus manos,
y el fermento que no acaba,
-ese presagio sin límites-.