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domingo, 11 de diciembre de 2016

LA PESTE

Entonces,  resulta que en medio de una galaxia casi infinita y gracias a una milagrosa conjunción de factores, en un minúsculo planeta - microscópica y bellísima esfera compuesta por minerales, agua, gases, células -   apareció una sorprendente forma de materia,  denominada “vida”.
No obstante, para este planeta enano,  dicho milagro fue su propia desgracia.
Una de las especies surgidas,  dividió el ya pequeñísimo territorio en parcelas aún menores, y dentro de cada espacio quedaron confinados grupos que se odiaron entre sí. Egoístas, ambiciosos y violentos, se mataron unos a otros. Regaron sangre y cadáveres por doquier. Se agredieron y explotaron sin misericordia. Se dedicaron al culto de sí mismos y al culto de lo material y en procura de obtener poder, fama y bienes,  apelaron a los métodos más viles  y arrasaron con todo lo que estuviera en frente .
El planeta enfermó. La fiebre lo atacó, los retorcijones y pústulas le explotaban por todos lados, vomitaba y escupía. Se fue muriendo a pedazos.
La funesta especie miraba cómo el hogar de dónde había surgido su existencia se derruía, pero nada podía evitar que estos seres dejaran atrás su fatídica condición de peste. No eran el milagro que todos creían, ni la suerte del planeta. Eran todo lo contrario. Bacterias dañinas, un virus mortal. Su misión de destrucción no podía ser  detenida.
A medida que el daño iba tomando forma, igualmente se vislumbraba el abismo por el cuál todo desaparecería.  Lo único que les quedaba era mirar al espacio. Emigrar hacia otro planeta, hacia otro cuerpo sano, como lo hacen siempre los bacilos infecciosos.