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domingo, 26 de mayo de 2019

CRÓNICA DE UN SECUESTRO


UN SECUESTRO PRESENTIDO
      
CAPÍTULO 1
Ese secuestro, lo presentí; exactamente una semana antes: sentada en la banca de la capilla donde mi hija y todos sus compañeros de colegio celebraban su primera comunión, miré las dos únicas puertas del recinto e imaginé guerrilleros entrando por ellas y secuestrando a todos los padres de familia. Sería una misión relativamente fácil, pensé. Yo también formaría parte de su botín. Yo, que tengo tan poco… Eso me pasaría por educar a mis hijos en un colegio de ricos…
En medio de pensamientos tan negros, el cura lanzaba una homilía que más bien parecía un regaño. Vociferaba: Esta primera comunión de sus hijos no sirve de nada, si ustedes como padres de familia, salen hoy de aquí y continúan su vida de desatención a la iglesia y a sus preceptos, dándoles mal ejemplo.
Al fin escuchaba a un sacerdote hablar en términos que herían la inconsistencia humana, lejano de esa retórica de siempre que parecía pasar de largo por nuestra cotidianidad. Recordé que hacía más de dos años no acudía a la misa dominical y me propuse regresar, como pecadora arrepentida, a partir de la siguiente semana, firme y con toda la familia a bordo.
Y así fue.
El siguiente domingo, recordé a todos las sabias palabras del sacerdote, y los arrastré muy puntuales para asistir a la iglesia. En solemne desfile llegué a mi destino con casi toda mi familia: mi esposo y mis dos hijas pequeñas de 10 y 6 años. El único que faltó fue mi hijo mayor porque tenía amigos invitados en casa y a éstos no podía obligarlos a ir donde no querían. Llegamos temprano, así que encontramos un buen sitio para acomodarnos y sobre todo, para fisgonear mientras iban entrando vecinos, amigos y conocidos que hacía mucho tiempo no veíamos.
Todos se fueron acomodando en las sencillas bancas de tabla, bajo la escueta ramada de tejas de barro, en cuyo frente estaba el altar que no era más que una maltrecha mesa de madera. Una iglesia poco convencional para uno de los barrios considerados "pudientes" de la ciudad, comúnmente llamado “Pance”. Todos sabíamos que esta especie de quiosco donde se acostumbraba celebrar el rito religioso era algo transitorio, hasta que se recaudaran fondos suficientes para iniciar en firme la construcción de la iglesia “La María” en el terreno adquirido un tiempo atrás.
La celebración eucarística comenzó y no supe bien si sentía orgullo o repugnancia ante el extraño sentimiento que me invadió al sentirme de nuevo formando parte de la grey de Dios, los buenos del barrio, los ciudadanos ejemplares que cumplen con sus deberes religiosos.
Nunca podré evitar sentir que todos estos aspavientos de la gente me parezcan actos de una exacerbada hipocresía”.  En esas estaba, como siempre con mis pensamientos lejos, muy lejos de dónde pretendía estar, cuando -como brotando de una escena recientemente presentida-, irrumpió en la pacífica escena dominguera, el alboroto de hombres uniformados de camuflado, portando metralletas y que nos rodeaban gritando: Somos del ejército. No se asusten. ¡Estamos aquí porque hay una amenaza de bomba! ¡Todos deben salir ahora ordenadamente del sitio!
Lo inmediato que hice fue acudir a la consabida fórmula para distinguir guerrilleros de militares y les miré las botas - ¡de caucho reluciente!-  por lo que no había ninguna esperanza; mi presentimiento de la semana anterior, como una víbora de mil cabezas, había comenzado a tomar forma real: eran guerrilleros y nos iban a secuestrar.
Mientras corría hacia la entrada de la iglesia, le grité a mi esposo: ¡Son guerrilleros, salgamos rápido de aquí, nos van a secuestrar!  Pero como en una película de terror, mi esposo y mis dos hijas estaban paralizados y no se movían ni un ápice a pesar de mis reiterados gritos. Los veía como si estuvieran en otra dimensión a la cual no podía acceder. Congelados en una escena fatal de la cual ya no podríamos salir.
CAPÍTULO 2
Cali, Colombia. Domingo 30 de mayo de 1999. Hora aproximada: 10 de la mañana.
Estos fueron los primeros instantes del secuestro masivo más grande de la historia colombiana, cuando los pupilos de alias “Mono Sergio” (Carlos Cabrera) comandante del grupo guerrillero ELN tomaron como rehenes a más de 150 personas.
Dado que era la primera vez que un hecho como éstos sucedía, el impacto de esta noticia fue muy grande, incluso a nivel mundial, y mucho más lo fue para quienes ese día de repente perdimos nuestra libertad. Era algo muy difícil de creer. Nos han enseñado que solamente los delincuentes merecen tal suerte.
A partir de esos primeros momentos, mi vida empezó a transcurrir en “cámara lenta”, al tiempo que la percibía lejana de mí misma. No es lo mismo decidir en libertad que a merced de una voluntad ajena. Para cada acto de tu vida, tienes que esperar que sea otro quien decida o apruebe y en eso radica esa percepción de desaceleramiento.
De repente, me vi en medio de una total confusión y con mis dos hijas tomadas de la mano. Se escuchaban las órdenes de los guerrilleros, los murmullos de la gente que iba de un lado al otro sin saber qué hacer. Recuerdo como un suceso casi surrealista que, a esas alturas, una mujer que había escuchado mis gritos vino a tranquilizarme: “No se asuste señora, son del Gaula, vienen a ayudarnos por la amenaza de bomba”. Le grité: ¿cuál amenaza de bomba? ¡Fíjese bien, son guerrilleros!
Buscaba a mi esposo, pero no volví a verlo.
Lo primero que se me ocurrió, lógicamente, fue intentar escapar.
Salí a la entrada de la iglesia y vi dos camiones estacionados en reversa exactamente frente a ella. Sus dos puertas traseras abiertas de par en par, parecían dos bocas de tiburón en espera de su presa.  Mi casa estaba solamente a una cuadra del sitio. Estaba tan cerca, casi podía mirarla desde donde estábamos, pero qué lejana estaba ahora, inalcanzable ante la presencia de un acordonamiento de guerrilleros que formaban en la calle una herradura humana imposible de penetrar. Por un momento pensé en correr; tal vez no se atreverían a dispararme por llevar a dos niñas pequeñas conmigo, pero era algo muy peligroso, no podía tomar tal riesgo. Mientras tanto, por el rabillo del ojo vi que los guerrilleros habían empezado a subir gente a los camiones. Fue algo muy extraño, pero en ese momento la conciencia acerca del resto de personas se perdió. Era como si los demás hubieran desaparecido y éste fuera un asunto exclusivo entre los atacantes, mis dos hijas y yo. Entré de nuevo a la iglesia para mirar si había otra forma de huir. 
De repente la algarabía de la situación fue rota por disparos que se escuchaban provenientes de varios puntos. El pánico se hizo mayor y ni siquiera quise mirar de dónde o por qué estaban disparando. No quería agregarle más tensión a mi pobre espíritu ya casi aniquilado por la angustia.
Miré debajo de los autos, esconderse ahí podría ser una alternativa, pero tampoco me arriesgué, era una acción demasiado aparatosa que sería fácilmente detectada por los secuestradores.
Observé los linderos de la iglesia con las casas vecinas, estaban conformados por un cerramiento de alambre de púas reforzado por una hilera muy tupida de swinglias, así que tampoco era una vía de escape. Me encontré en esos momentos con una amiga que vivía exactamente al lado de la iglesia y que parecía estar buscando una salida al igual que yo. Le comenté: no veo por dónde escapar… Me respondió: Yo tampoco; no hay por dónde… Luego supe que ella, una mujer muy menuda, se escondió entre las swinglias y permaneció allí muy quieta hasta que todo terminó, salvándose.
Ya no sabía qué más hacer. Me sentía impotente.
Habían pasado ya unos 15 minutos.
Miré a mi alrededor y con terror me di cuenta de que ya casi nadie quedaba en tierra. Las personas estaban desapareciendo en el interior de los camiones y un estremecedor silencio empezó a inundar el sitio.
Uno que otro guerrillero husmeaba por los alrededores, y con cierto desconsuelo, vi cómo estaban mirando también debajo de los carros parqueados de los feligreses, ahí dónde había pensado esconderme.
Mi corazón se retorcía en mi pecho, me faltaba el aire.
Un guerrillero me empujó hacia uno de los camiones. Empecé a rogar. Era mi último recurso. Les suplicaba: ¡no me lleven!, ¡déjenme aquí con mis hijas!, ¡por favor, no me lleven! Entiendan que son dos menores de edad y me necesitan. ¡Tengan compasión de ellas y de mí! Ustedes también deben tener hijos pequeños, primos, niños en sus familias. ¡Tengan piedad de nosotras por favor!
Solamente quedábamos el sacerdote, ellas y yo fuera de los camiones.
Mis ruegos resonaban en el silencio circundante como una campana moribunda.
Uno de los guerrilleros me dijo: Señora, la orden es llevarnos a todo el mundo. ¡Suba al camión!  ¡No podemos dejar a nadie aquí!
Yo me resistía a subir y continuaba con mis ruegos. ¡Suba! Me gritó el hombre con su paciencia desbordada y, como yo seguía negándome a subir al camión, empezó a disparar su metralleta muy cerca de mi oído. En ese punto, escuchar el traqueteo del arma cerca de mí, no pudo agregarle un grado más de miedo a la situación, así de grande era ya mi terror. Lo que sentí en ese instante fue una inmensa desazón, pues no me quedaba más que obedecer. No había sido capaz de hacer nada por mis hijas y de ahora en adelante iban a ser expuestas a esa terrible experiencia.
Las ayudé a trepar al camión, que estaba atestado de personas. Finalmente, subimos el sacerdote y yo. Los guerrilleros cerraron la puerta trasera del camión y la cubrieron con la carpa que abarcaba toda la carrocería. Quedamos en casi total oscuridad, sin aire suficiente para respirar. Éramos más de 70 personas hacinadas en un camión de tamaño promedio. Nadie decía nada. Se escuchaban jadeos.
De pronto, se prendieron los motores de los camiones y éstos comenzaron a moverse.

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