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jueves, 17 de mayo de 2012

Los Girasoles de Van Gogh



Pongo la seda del cuadro sobre mi cara,
me tocan sus dedos tibios
tan ausentes de la muerte.

Huele a lapislázulis en azúcar
a trementina de abril
a una copa con perfume en sus grietas.

Muerdo su piel tan callada
lamo el aliño rancio de su inocencia:
el sabor de una pared es noble cuando está triste,
es agria una flor, y sin orgullo,
 si fue pintada por un loco.

Puedo escucharlo lloriquear en las esquinas,
es muy anciano y ya no reconoce
las caras de quienes lo miran.

(Los cuadros quieren ser olvidados
quieren morir como todo lo que es bello.)

Hay vino adentro del jarrón
contiene un sabor de labios
que gritaron en primavera.

Ese vino se derrama cada medianoche
sobre otros licores errantes,
ellos buscan la cordura que perdieron
para convertirse en lágrimas
que los pinceles no dibujaron.