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sábado, 10 de junio de 2017

EL ABUELO

Al abuelo casi nadie le hablaba.
El problema era su sordera infinita y por ende,  el gran esfuerzo que teníamos que hacer para comunicarnos con él. Por esta razón, permanecía confinado a su soledad, mirando todo el día el transcurrir de la calle por la ventana, tras sus grandes lentes húmedos, sus ojitos negros perdidos en la nada y tras el desgreño de su barba, su boca desdentada y sus labios murmurantes de recuerdos, tristezas y alegrías que llegaban, de pronto y sin pedirlo,  a su mente desde el largo recorrido de su vida.
Yo pasaba por su lado cada mañana antes de salir para el trabajo, y como las palabras eran infructuosas con él, a modo de despedida, le daba un abrazo leve y le sonreía mirándole a los ojos. Él me respondía con una mirada profunda y triste, un pedazo de yeso gris desmoronándose, cuyos trozos caían en mi espíritu pesadamente y resecaban por un buen rato el inicio de mi jornada mañanera.
Un día, al momento de esta despedida, el abuelo me dijo algo. Una sola palabra. Me extrañó de veras, pues nunca decía nada, acostumbrado como estaba a su forzado universo de silencio. Entendí algo así como un nombre, pero no muy bien, por lo inesperado del suceso. Así que, me propuse estar más atento a la mañana siguiente, por si acaso se le ocurría repetir la misma palabra. No lo hizo. Pero noté que su mirada había cambiado. Estaba vívida y alegre, como si esos ojos hubieran retrocedido en el tiempo hacia mejores años. Su rostro entero parecía haber despertado de un inmenso letargo parecido a la muerte y ahora, era algo así
como un resucitado en sus primeros instantes de vida. Exhibía un gesto nuevo, enérgico y volcánico, esperanzado. Me sorprendió mucho y sentí además bastante alivio, pues ya mis mañanas no
comenzaban con un lastre de tristeza.
Pasó un mes, luego otro. Los cambios en el abuelo fueron aumentando, como una avalancha incontrolable. Yo miraba lo que estaba pasando, entre alegre y estupefacto, y día a día, se agigantaba en mí el deseo incontrolable de que repitiera de nuevo ese nombre que había causado en él esta increíble metamorfosis.
Los días de mi anciano eran ahora completamente diferentes.
Muy pocas veces se le volvió a ver sentado tras la ventana.
Salía de la casa a primera hora del día, muy bien afeitado, vestido y perfumado, y regresaba al atardecer. Invariablemente, traía bajo el brazo una botella de ron.
A gritos le preguntábamos dónde había estado y el contestaba con mal humor: “por ahí” y sin decir más, se metía en su habitación, donde le dio por revivir un viejo tocadiscos en donde hasta la madrugada ponía a sonar a máximo volumen antiguos discos de acetato, con boleros, valses y tangos, mientras se bebía el ron que había traído. Dudábamos que, dada su extrema sordera, escuchara algo de esa música, pero no le decíamos nada a pesar del inaguantable estruendo, por temor a que el prodigio desapareciera.
Las pocas veces que durante el día se quedaba en casa, se dedicaba a su recién plantado cultivo de hortalizas, el cual permanecía entre la vida y la muerte, pues por su mala memoria, por temporadas se le olvidaba que existía y era entonces cuando en cambio, se dedicaba a hurgar entre sus viejos libros que habían estado guardados en cajas desde hacía más de 20 años. Fingía leerlos, pero la verdad, solo los acariciaba y volteaba sus páginas amorosamente, como si ahí dentro estuviera guardado algo muy bello que sólo él conocía.
Nos intrigaba mucho saber dónde pasaba la gran parte del día cuando salía de casa, incluso pensamos en seguirlo, pero le teníamos gran respeto y no queríamos violar su deseo de mantener el destino de sus salidas en privado. Preguntamos en algunas ocasiones a nuestros vecinos y amigos si lo habían visto en algún lugar, pero nadie lo había hecho.
Pasados unos meses, ya todos en la casa nos habíamos habituado a la situación.
El abuelo seguía con sus nuevos e inexplicables impulsos que a nosotros ya casi no nos sorprendían. Cada cierto tiempo aparecía con alguna de sus novedades, como cuando decidió ponerse por primera vez gorra, blue jeans y zapatos de tenis,  y ya nunca más se los quitó, o cuando se compró un telescopio y un microscopio el mismo día, para quedarse luego varias semanas inmerso en la investigación diurna de lo minúsculo, entre patas de insectos, gotas de sangre y trocitos  de cabello y al anochecer, enfrentarse con lo inmenso, mirando hacia el infinito estrellas y galaxias inalcanzables.

Luego, un buen día, súbitamente, todo cambió de nuevo.

El abuelo no salió ese día de su habitación.
Estuvimos esperando toda la mañana por si partía a su paseo habitual, pero no fue así.
Por la tarde, tocamos a su puerta sin que nos respondiera y al entrar nos encontrarnos con una escena verdaderamente deplorable. Estaba acostado en su cama, arropado hasta el cuello, con las ventanas y las cortinas cerradas, a oscuras,  y sobre su mesa de noche sólo un velón encendido.
Quisimos reanimarlo, pero no respondió a ninguna de las frases motivadoras que le lanzamos, pusimos a sonar a todo volumen algunos de sus discos más queridos, le preparamos su plato favorito, le servimos un trago de ron, decoramos con flores, pero todo fue inútil, el abuelo no reaccionaba y solo lo hacía para evitar con un gesto de disgusto que prendiéramos la luz de la habitación o apagáramos el velón.
Esa noche decidimos esperar hasta la mañana siguiente, con la esperanza de que la situación de pronto se revirtiera, tal como el viejo nos tenía ya acostumbrados.
Dormimos por turnos mientras velábamos al lado de su cama su intranquilo sueño.
Cuando me tocó el turno a mí, el velón estaba apagándose. Recordé que había otro guardado en el armario de mi hermana y me levanté para ir a traerlo, pero cuando regresé la llama ya se había agotado y la habitación estaba a oscuras. No me quedó más remedio que encender la luz para poder prender apropiadamente el nuevo velón.
Cuando lo hice, casi muero del susto.
El abuelo no estaba en la cama. Había desaparecido. En cambio, el lecho aparecía perfectamente tendido, como si nadie hubiera estado jamás acostado ahí. Sobre la mesa de noche ni un rastro del velón. Abrí las puertas de su armario y estaba completamente vacío, ni una sola de sus prendas de vestir. El tocadiscos tampoco se veía por ningún lado, mucho menos los discos que hacía un instante estaban regados por el piso.
Parecía que el abuelo nunca hubiera existido.
Entré en pánico. ¿Qué estaba pasando?

Corrí para comentarle el suceso a los demás habitantes de la casa, pero iba gritando sus nombres, abriendo las puertas de sus habitaciones y encendiendo luces, y no encontraba a nadie en ellas. Aterrorizado, me di cuenta que estaba completamente solo en la casa.
Sentí un dolor infinito.
Me tiré sobre la cama del abuelo, ahora fría y solitaria. No se oía ni un solo murmullo, el silencio de la casa retumbaba en mi cabeza y en las palmas temblorosas de mis manos. Con la mirada fija en el techo, trataba de hurgar en mi cabeza buscando una explicación lógica a esta situación tan absurda. ¿Era el abuelo quien había desaparecido de mi vida o era yo quien acababa de desaparecer de la suya? ¿Y en dónde estaba el resto de mi familia? ¿Sería que al morir el viejo y, acostumbrado a exhibir tanto prodigio, había decidido llevarse a todos hacía esas estrellas que cada noche aparecían en su telescopio? ¿Por qué entonces no me había llevado también a mí y me dejaba solo sobre la tierra?
Nada tenía lógica. Grité y grité. Me retorcía del dolor sobre las sábanas.
¿Estaba yo loco? ¿A quién podría preguntarle ahora sin que me acusaran después de estar alucinando? ¿Acaso había sido todo un sueño más largo de lo común del que acababa de despertar? Me invadió un dolor infinito.
Si todo había sido producto de mi imaginación, quería decir que ese querido viejo sordo, tan original y algo cascarrabias, jamás había estado junto a mi, nunca había sido mi abuelo; que mi cariño y dedicación se habían perdido en la nada.
Lo único cierto en mi vida era esta inmensa soledad que ahora enfrentaba cara a cara en una vacía habitación.
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(NOTA: Este cuento es un homenaje al abuelo que nunca tuve, el mismo que nunca me tuvo a mí. La vida nos perdió para siempre en un mar de desencuentros.)

domingo, 29 de enero de 2017

Madre: ¿Si te escribo me leerás desde el universo?

Madre:
¿Si te escribo me leerás desde el universo?

¿Sabrás allá donde ahora estás,
-entre la insinuación del sueño y el infinito-
que ahora estoy vieja como tú,
que ahora ya puedo comprender
las razones de tus esquinas resbaladizas,
tus cultivos de frailejones congelados
y la expresión poligonal de tu rostro?

Madre,
tal vez te viera llorar si ahora me vieras,
tú,
que amabas mi belleza,
mientras yo esperaba la voz que aún espero.
Ahora todo viaja
hacia un punto amargo de reconciliación,
hacia el fracaso,
hacia la paz unilateral de la tierra.

Mira,
ya puedes llevarte las puntas de los alfileres,
los verbos de mis sílabas pulverizadas.

Yo aprendí lo que tú querías aprender,
madre léelo desde el infinito.

Yo escribí lo que tú querías escribir,
madre,
llévate los deseos sin herbario.

Me decidí a ser feliz,
espanta la víbora debajo de la cama.

También grité, luché
y no quise regalar ni una sonrisa.
Madre,
la gente me miró entonces con desconfianza.
¡Grita victoria mujer!
¡Descansa en paz!

En mi jardín hoy tengo las flores exactas
-faltarás siempre tú-
pero ahora ya estoy vieja,
ya puedo comprender tu furiosa despedida,
el injerto en tu alma,
la forma curva de las distancias.
Ya puedo comprender
el significado de las palabras

…………….que nunca dijiste.