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miércoles, 25 de abril de 2018

Poema finalista CONCURSO LITERARIO INTERNACIONAL "ÁNGEL GANIVET"

Con mucha alegría y satisfacción, comparto con ustedes mi  poema "Humo blanco sobre infierno", uno de los 20 poemas finalistas, seleccionados de un total de 1447 trabajos recibidos, provenientes de 35 naciones. 


HUMO BLANCO SOBRE INFIERNO
POR AMOXIS

“ACUERDO FINAL
24.11.2016
INTRODUCCIÓN
Luego de un enfrentamiento de más de medio siglo de duración, el gobierno nacional y las FARC-EP hemos acordado poner fin de manera permanente al conflicto armado interno”.

Mi pueblo tenía cuatrocientos años.

Había cumplido sus edades: recién nacido, niño, su juventud fogosa.

Los portales de mi pueblo ordenaban el color entre las flores.
Dentro del rancho, tres papas en la sopa alcanzaban para todos.
Pequeñas historias agujereaban el tiempo.

El mercado dominguero exprimía carnes, afilaba cuchillos y espantaba perros.
Las muchachas engullían muchachos con besos y saltos de potrancas.
En los campos, los cultivos y su truco en la cosecha, del verde al rojo, del amarillo al blanco, del ramo de hojas al óvalo del fruto.


Ese era mi pueblo cuando vino la vida a imaginarme, cuando no tuve otro camino
que introducir en mis pulmones su aire oloroso a caballos, aguardiente, sombreros húmedos y faldas de mujeres.

Un pueblo es un ser vivo. Ese pueblo también era mi padre, mi madre, mi hermano.
Colocaba su mano tierna sobre mi hombro cuando mi soledad dejaba de creer en la vida o expelía música desde su barro para cantar conmigo claves musicales parecidas a su alma de sencillo guayacán.

Ese pueblo no tenía puertas.

Entraban y salían los vientos lanzando palabras malditas en el terror del pecho. Los amigos entraban y salían. Entraba y salía la suerte con su vestido roto. Los sueños entraban y corríamos a atraparlos antes de su fuga.
Asimismo, los violentos empezaron a entrar y a salir hasta que un día entraron y nunca más volvieron a salir

Mi pueblo se fue llenando de tumores, fusiles, botas, insignias aterradoras.

El primer muerto dolió. Nos murió a todos un poco.
Manuel, el dueño de la tienda en la plaza. Ajusticiado por desobediencia. Su camisa en girones una nueva bandera ondeando en nuestro miedo.

Luego otro muerto. Cecilia la maestra de la escuela por negarse a irse –se murió la última canción de cuna.

Otro. Don José propietario del hato lechero, por no entregar vacas – se murió el sorbo noble en el hambre.
Otro. Jacinto. Por sapo.
Otra. Luz Dary. Sospechosa de sospechar.

Todos nos fuimos muriendo con ellos.
Con los gatos que aparecían muertos.
Con los muros que tragaban pólvora y se arrodillaban.
Con las miradas.
Con las curvas del color que iban muriendo.

Un pueblo enferma cuando su gente calla.
El silencio del oprimido es el mismo silencio de los muertos.

Mi pueblo ya no es joven.  No está vivo.  Morí hace muchos años de su muerte.

Vivo en otros lugares. Intento ser otro a quien nadie reconozca, a quien nadie interrogue.
¿Dónde has nacido?  ¿De dónde vienes?

Ahora dicen que la vida volverá a mi pueblo, que para ello se escribieron doscientas mil palabras.

Dicen que las palabras siempre han sido primero que las guerras, primero que las balas. Así mismo, que vienen después de las guerras, después de las balas. Que tienen brazos y piernas como nosotros, que podemos agredirlas, pero no vencerlas.

Dicen que doscientas mil palabras escribieron “paz”.

Desde ayer he vuelto a pensar en mi pueblo.
¿Qué diría Manuel, el de la tienda? ¿Qué estarán diciendo los nietos de Manuel?  Ellos ya no lo recuerdan con su cielo partido, viven en una esquina del infierno enrollando piedras de azufre.
¿Qué opinaría Cecilia, la maestra? ¿Qué opinaría Cecilia y la hija que se fue anónima en su útero?
Será que José, el ganadero, ¿plantará al fin su tumba en el mismo sitio donde nació?  ¿Sus huesos absorberán ahora la esencia de maíz y abrazo de la tierra?

Ellos y nosotros. Amigos y enemigos, los muertos de todas las guerras, también escribimos palabras en esta paz.
No perecimos sólo para abonar túneles de sangre ni para arañar la tierra que hoy nos perfora, morimos para gritar consignas endiabladas, para ser verdugos, revoltosos, incansables pregoneros del terror.

Son doscientas mil palabras más que se escribieron -las añadieron los muertos colombianos. Son seis millones de palabras más – las agregadas por los desplazados de esta guerra. Veinticinco mil palabras más -los desaparecidos en tierras de Colombia; y también se consignaron las palabras de seis millones de judíos, seis millones más por los caídos en Vietnam, cuatro millones de palabras repintadas por los que abonaron las guerras napoleónicas. Millones de palabras más por los que signaron muerte en invasiones bárbaras, en las guerras de independencia americana, en Siria, en Angola, en la guerra de las Galias, en la confrontación civil de España, en Corea, en Irlanda, en los siglos, en el mundo.

¿Seguiremos naciendo para que se escriba paz?
¿Seguiremos muriendo para que se escriba paz?

Seguiremos reviviendo para que se escriba paz.

Hoy he vuelto a mi pueblo.
Ya no es joven. Ahora luce adulto, convaleciente y en calma.
En su mirada recia y entristecida, puedo leer la historia de los hombres.

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